Passage du Silence

20 Feb

“Puedo tolerar que sean diferentes de mi, puedo tolerar que recen a otro Dios, puedo entender que tengan ideas propias e intentan ponerlas en práctica. Puedo tolerar el fracaso y la derrota, porque son las opciones reales. Pero si hay algo que ni perdono ni tolero es la ignorancia, y mucho menos el orgullo de la misma. Hacerlo es como extender el silencio atronador sobre la civilización, crear la calle del silencio (Passage du Silence)”.

La frase es tan lapidaria como inequívoca. La podría haber firmado cualquier persona con entereza y visión a largo plazo, pero si la obsesión por la educación y el conocimiento estuvo en mente de alguien, sin duda fue en la de muchos supervivientes de los años 40, de gente como Gervaise de la Rochelle. Es suya, pero insistimos en que la podía haber firmado cualquiera. Es un mal endémico que debe tener alguna vocablo en griego que ahora no recordamos, pero la alegría de la ignorancia es un rasgo distintivo de la mediocridad y de aquellas personas que deberían estar muy lejos del poder. Sin embargo, en España y en otros lugares, pero con mayor insidia en muchos medios de comunicación de todo tipo y condición, esa peste crece y se expande, aposenta su señorío sobre todo lo que se mueve y cercena cualquier intento de progreso o intelectualidad. Es la larga sombra de lo que Arendt denominaba “personalidad burocrática”. Todo aquello que no entiende simplemente no tiene valor, porque no admite que él/ella, ostentando el poder de mando y decisión, pueda equivocarse. Su universo finito empieza y termina en su cabeza, de tal forma que jamás tolerará o admitirá que aquello que desconoce, que es mucho, pueda convertirse en algo bueno. Siguiendo ese razonamiento de ratón, devora a los leones que tiene alrededor y de paso afianza su poder.

Decía el general Escipión que un verdadero líder es aquel que rellena su ignorancia con la sabiduría ajena, que no teme no saber, sino equivocarse al enjuiciar mal. Pero no todos son generales romanos educados como griegos desde la infancia. No todo el mundo puede acceder al conocimiento, bien por pereza innata, bien por falta de dinero. Es el gran reto. Dicen que España es tan vulgar muchas veces porque la educación no era accesible a todos en la generación nacida en los 50 y 60. Puede ser, pero hoy ya no hay excusa: todo está disponible en la red, en las bibliotecas, en las universidades a distancia. Aprende quien quiere, y el que no, simplemente vegeta hasta convertirse en un peso muerto para el resto. Decía Steve Jobs que nunca se deja de aprender y evolucionar; Bill Gates sigue devorando libros de biología o física en sus ratos libres, leer no es un entretenimiento, es un acto de fe en uno mismo. Rellenar las horas con divertimento es desperdiciar la vida de uno mismo. La alegría de la ignorancia es el suicidio colectivo. Y no hay excusas salvo la ineptitud, que tampoco es admisible. 

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