Saber es poder, salvo por aquí

24 Ene

¿Qué es mejor, leer sobre los orígenes del hombre, sobre los caminos que toma el arte contemporáneo o sobre cómo el teatro es ya el refugio escénico de muchos espectadores o sobre qué día y quién inicia las obras de un edificio en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera? La propia pregunta ofende al oído, pero aquí no somos objetivos. Al periodismo, salvo en los medios grandes o con miras grandes, no interesa ni lo más mínimo la cultura, la educación, las artes o la ciencia (que nosotros entendemos como un todo global), ocupan el espacio que dejan vacío otros campos más interesantes: en los medios nacionales la lucha partidista, las cifras económicas o las polémicas sociales; en los medios pequeños, el urbanismo, la servidumbre al cacique municipal de turno o los sucesos. O el espacio para columnistas supuestamente provenientes del mundo cultural pero que sólo rebuznan sus frustraciones sin dar nada más que coces: dar ideas o intentar que el público sepa algo más es para Diego A. Manrique.

España se llena de eunucos mentales más propios de la Ciudad Prohibida que de empresas, que no ven más allá de la escasa formación recibida en universidades que estafan a sus alumnos haciéndoles estudiar cuatro o cinco años lo que podrían aprender en dos, o incluso en uno. Ni el oficio es culto ni se le esperan grandes destellos de inteligencia. Mucho más cuando la industrialización de la información ya no deja espacio para reinvindicar nada parecido al servicio público. El capital manda, no por mezquindad, más bien por pura inercia. Existen encorbatados opulentos que censura, cierto, pero es bastante menos su efecto que el “dejarse llevar” diario en el que parece que se impone la idea más populista. Porque hay que vender.

La cultura se queda sin espacio, en la línea de los temas de educación y de ciencia, subordinados muchas veces al mercadeo tecnológico que tanto tirón tiene. Interesa más un bache en una avenida que un nuevo libro, vende más un muerto con sábana enrojecida por la sangre que el conocimiento, que nos hace libres; es mucho mejor patalear por unos folletos de arte contemporáneo del DA2 subidos de tono que interesarse de verdad por los talleres infantiles que han educado a cientos de niños. Sangre, sexo y sumisión antes que arte y conocimiento. No ya exposiciones, también ciencia, esa niña apaleada de la sociedad española, maltratada en todos los medios salvo en elmundo.es y esporádicamente en ‘El País’ o ‘ABC’. Esas carencias afectan luego al propio desarrollo cultural, porque la atención queda siempre en lo mismo. Y afecta a la educación, convertida en un mero sistema de baby-sitter para menores de 18 años más que en el horno para cocinar futuros buenos ciudadanos. De estos polvos luego salen las riadas de lodo intelectual que rellenan redacciones y empresas.

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