Rock in Rio huele a muerto

14 Jun
Hemos esperado el tiempo suficiente antes de hablar de Rock in Río, ese macroespectáculo infame que en Madrid ha terminado por cargarse una gran iniciativa. Pero eso fue 20 años atrás, cuando la música era de los músicos y no de LG y de otras compañías que patrocinan. Pero eso no es lo malo: a fin de cuentas el sector privado tiene tanto derecho como cualquier otro a invertir su dinero como le dé la gana. LG ha hecho bien, además, mejor una tecnológica que no una petrolera, una constructora o Coca-Cola. Lo peor es que Madrid ha confirmado la máxima de que “Si algo es para toda la familia, fijo que es una mierda”. Recordamos a Keith Richards, años atrás, cuando todo esto empezó, diciéndole a uno de la organización de un festival “si veo un puto crío entre el público dejo de tocar”.

Las familias reducen el riesgo, el atrevimiento, anulan el cruce de líneas rojas, no hay inventiva sólo sonidos fáciles o prefabricados. Y la música, si no se asoma al filo, no tiene gracia ni sentido. El arte no puede encorsetarse. Shakira es tan predecible como la diálisis, y su música tuvo cierta gracia cuando todavía era morena y colombiana, no rubia y latina a seca; Rihanna sólo sabe enlatar vender discos. Ni una sola canción suya ha despertado nada que no sea arqueo de cejas en el Equipo (además, es otra pantera negra al estilo de Beyoncé y compañía, donde sólo vale vender más y lucir palmito). Y de la ex Hannah Montana y nueva Señorita Cirus, pues… ha crecido mucho, ¿no? Y bien, ¿no? Pero su público eran miles y miles de púberes, prepúberes y postpúberes acompañadas de sus madres y otros hermanos que fueron a ver a Montana y se encontraron con una animadora desvirgada embutida en cuero y terciopelo. El tiempo pasa para todos. Incluso para los pobres Rage Against the Machine, que resucitaron por la pasta para Rock in Río y volvieron con lo de siempre: California is different y tal y tal. Mucha furia pero poca novedad. Para eso mejor que no se hubiera disuelto la primera vez.

Rock in Rio ha muerto. Solicitamos un bonito réquiem (el de Mozart, por ejemplo), un minuto de silencio (para escuchar a las masas jalear en los conciertos) y el deseo de que la muerte de los festivales de música de todo el mundo (mirad el FIB si no) sea lo menos lastimera y patética posible. Y no nos vale que vayan 60.000 personas. Volvemos al dilema de siempre: si el rebaño se tira del acantilado, ¿es tonta la oveja que no la sigue? Pensad en el Sonar y su sección para la familia y los niños (otra muerte lenta y dolorosa). Qué gran sabio es Keith Richards, “si veo un puto crío entre el público dejo de tocar”. Ora pronobis, Keith, y deja de subirte a los cocoteros.

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