Lágrimas rojas

13 May


Íbamos a escribir de los funcionarios, de la cultura de la pereza, del necesario ajuste de las cuentas, de la teoría de que ya llegaba la hora del reparto del sacrificio, y de cómo algunos buenos funcionarios van a pagar por todos los parásitos peces lamprea que viven de la no tan gorda teta del Estado, pero hemos decidido cambiarlo por el inicio de ‘Lágrimas rojas’, la enésima incursión de LC en una de sus obsesiones más oscuras. 

“Por favor, sea breve”, dijo el funcionario del Partido. Me temblaba hasta la última fibra de mi cuerpo, horrorizado porque al otro lado de la gruesa y pesada cortina roja granate estaba el camarada Stalin. Apartaron para mí los pliegues y entré en una sala subterránea inmensa. Él, de pie, con su eterno cigarrillo entre los dedos, me sonrió como un zorro en el gallinero, expectante, con aquellos ojos negros asiáticos clavados en mí. Luché por no desmayarme, pero tenía que hacerlo: “Camarada Stalin, tenían razón, Hitler ha escapado, no es su cadáver”. Y el todopoderoso rompió a llorar, impotente, aterrorizado en su pesadilla.

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