Un buen trago de Kraken

22 Ene

En época de crisis, un microrrelato. Por los caídos en combate de las redacciones de toda España.

“Pocas veces había tenido tantas ganas de liarse a hostias con alguien. Muy pocas. De naturaleza práctica y algo acobardada, lo cierto es que la ira no le faltaba, pero hasta el momento, por precaución, porque conocía al cabrón que anidaba al otro lado de la imagen del espejo, se había censurado millones de veces. Pero en aquel momento tuvo que agarrarse al sillón con fuerza, las manos crispadas, las uñas rojas de tanto apretar, como garras de una bestia; los ojos abiertos como platos, la vena del cuello hinchada, la boca crispada, los nervios a flor de piel y la lengua en retirada para ponerse a gritar como un poseso. Como tantas otras veces miró la cabeza rubia troglodítica y neandertaliana al tiempo de su superior en cargo que no en biología: de buena gana lo hubiera puesto a cavar zanjas, a pastar en el campo, a cortarle el césped. El pequeño nacionalsocialista que todos llevamos dentro berreaba en alemán desde la profundidad de su alma. Pero no hizo nada. ¿Para qué iba a hacer algo, qué más daba ya? Nada importa cuando te despiden, sólo ves pasar parte de tu vida, pero sobre todo cobran fuerza preocupaciones miserables como el pan, la leche, el alquiler, las copas, la ropa, la comida, los viajes… todas esas cosas que antes se hacían sin pensar y ahora habrá que meditar profundamente, con los céntimos en la cabeza y las manos sucias de tanto manosear las monedas y los billetes. La ira, la justa, santa, obligada y necesaria ira ante la injusticia se impone, salvo para los que ya se han acostumbrado tanto a retorcerse ante la realidad que no queda apenas chispa para encender la hoguera de la, repetimos, justa, sana, obligada y necesaria vendetta. Él simplemente se relajó, se dio cuenta de que el lerdo infinito que tenía en frente esperaba precisamente una explosión. Así que echó todo el agua que pudo sobre el pedernal, relajó los músculos y como pudo sonrió abiertamente, enseñando todos los dientes. Firmó los papeles que hicieran falta ante la mirada inexpresiva del otro y se fue sin decir nada, pensando ya en el siguiente ciclo de su vida y en un buen trago de Kraken en casa.

PD: Dos días después, el troglodita rubio murió embestido por un autobús, rodeado de cien personas que se limitaron a observar morbosamente. Dios existe, pero es un cabrón retorcido”.

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