Sabina la Diva

19 Nov

Hemos dejado tiempo, hemos escuchado el disco nuevo, hemos permitido que Sony BMG infle el globo y ahora aparecemos ya, por fin, con un pincho en la mano. Como cuentan en muchos blogs, ciertamente Joaquín Sabina está hinchado de divinidad. Esto es, que su medida artística es muchísimo más ajustada en el cinturón que lo que recibimos. Sabina tiene ese “no-sé-qué” que huele a podrido a años luz y que dice mucho de cómo se concibe hoy en día la música. 

No es un buen poeta, y tampoco es un buen músico. Y por supuesto no sabe cantar. Dicho esto, si se le une una imagen de canalla y rojo cerrado y contestatario, hoy ya convertido en un burgués de tomo y lomo que pinta de rosa ocasional su vida, pues ya tenemos la coctelera triunfadora. Dos conciertos para un aforo de 6.000 personas cada uno, todo agotado, y media Salamanca haciéndole la ola gratuitamente. Cierto: no nos gusta Sabina. Es como Raúl González Blanco: un 6 en muchas cosas pero ni un 10 en algo que le salve de veras. 

Hicimos el esfuerzo de escuchar el nuevo disco (como otros anteriores) y una vez más se cumplió la teoría del diezmo: de cada decena de canciones sólo una puede, en algún momento, hacernos algo de tilín, mientras el resto suena a batir de campanas porque se quema la catedral. Así de claro. En ‘Vinagre y rosas’ la voz cascada de Sabina no llega ni a los coros, que se le escapan corriendo sobre las notas. En otras directamente recita. Lo sentimos mucho, pero ya le hemos dado varias oportunidades y siempre nos ha defraudado, repitiéndose hasta la saciedad en el mismo cliché, dando unos bandazos musicales sobre estilos que no controla. 
Las dos excusas que le avalan son además muy endebles: primero que si es un poeta urbano único. Es posible, pero sus rimas y el sentido lírico de las letras de las canciones son repetitivas desde hace quince años y no aguantan el asalto de cualquier crítico literario. Es un bardo de los sentimientos, de la canallesca, y con eso tira para delante y por eso triunfa. El otro es que su éxito le avala: claro, también una cabra subiéndose a una silla con el sonido de una flauta hace parar a la gente, pero eso no significa que sea bueno. De todas formas, como eso es entrar en el gusto ajeno nos ahorramos más comentarios. Allá cada cual con su dinero y sus oídos. Pero aquí que no pare más un tipo que vende una imagen y vive en la contradicción, que desprecia a la prensa y se ha dejado abducir por los luciferinos de Sony BMG. Cada vez que recordamos que Mozart murió arruinado…
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