Consejo gratis para escritores – Dumas no lo hizo

19 Oct

Este post va a cuenta de una conversación captada por el brazo izquierdo del Equipo en la calle Compañía de Salamanca, esa vía con siglos de antigüedad que, losetas mediante, es una postal eterna a la que está pegada una cafetería igual de arcana que es una mina de historias. Dos aprendices de escritor hablaban de su nuevo curso de escritura, pasándose apuntes como si el acto mismo de poner palabras encadenadas sobre el papel fuera un mecanismo. Craso error. Al contarla se nos vino a la memoria una escena que no es apócrifa, sino verídica, con un periodista de por medio y que luego el sujeto nunca negó, aunque no corroboró. Un célebre escritor, antiguo miembro del jurado del Premio Planeta (de este tongo bien organizado ya hablaremos más adelante…), del que salió escopetado por puro pundonor (y no, no es Marsé), dejó bien enmarcado lo que pensaba (y pensamos) de los cursos y talleres de escritura, como si hubiera una universidad de la literatura. 

El maestro estaba a lo suyo en una facultad cualquiera, hablando con un periodista que le iba a publicitar un libro suyo. Apareció un alumno de un taller literario que daba un buen amigo suyo, y al ver al maestro apoyado en la barra se acercó solícito. El periodista contó luego que al escritor se le nubló la cara nada más percibir por el rabillo del ojo que venía uno “de esos aprendices de Cortázar, barba y pose intelectual incluida” a darle la murga. “Buenas. Disculpe que me meta pero es que Mateo Díez (era el otro autor) ha incluido una obra suya en el listado de temas del curso y me gustaría poder contrastar cómo hizo para estructurar la última novela…”. El maestro empezó a cambiar de colores y suspiró, como si se dijera eso de “tranquilo, tranquilo”. Le dijo lo que piensan todos: “Simplemente léala”. Como el tipo insistía, el periodista se retiró un metro para ver mejor la escena. Conocía de sobra al maestro y barruntaba vulcanización vesubiana. Al final el “tranquilo, tranquilo” no sirvió de nada y el otro, con esa cara de sargento chusquero que tiene le soltó el guantazo: “¿Usted es así de rojo ferrari o se lo hace? No hay fórmulas para escribir, ni talleres ni hostias. ¡¿Usted se cree que Dumas recibió clases para escribir?! O se tiene o no se tiene, y si no lo tiene lo busca leyendo más y escribiendo más. Esto es como tocar el piano: practicar, practicar y más practicar. Ande, vaya a buscarse el don, coño”. Aquello fue tan bueno que el plumilla no tardó en dejarlo colgado en un blog, creando así de paso una leyenda que después de un telefonazo reciente resultó ser cierta, no literal pero sí del estilo. Al parecer el maestro usó vocabulario algo más grueso, pero para cincelar ya estamos nosotros. 

Moraleja: como decía De la Rochelle, “escribo y escribo y escribo…”. Ya puedes ir a mil clases, tener mil títulos colgados de la pared, como no practiques o tengas talento olvídate. Y como decía Picasso, “que la musa me pille en el taller trabajando”. Así que si queréis ser otro Cortázar cualquiera (ni falta que hace, qué tío más pesado, otro como Borges…) abrid el Word, página en blanco y a darle a la tecla. 
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