Pythonesque (Gervaise de la Rochelle)

1 Oct

El nunca descubierto por el gran público, Gervaise de la Rochelle, se pasó media vida escribiendo renglones épicos sobre el sentido de la vida. Eso quedó para el público en general, cuando escribía cada día una pequeña columna en varios periódicos ingleses. Pero en la vida privada hizo siempre honor a un viejo dicho que luego los Monty Python adoptaron y entregaron envuelto en papel de regalo al mundo: “La trascendencia y la seriedad moral son las facetas del temeroso de Dios. Yo no vi a Dios por ningún lado en Normandía ni en el resto de la guerra, y eso que le busqué, así que…”. De la Rochelle mantuvo siempre distancia suficiente con esa forma tan socorrida de ver la vida, como una especie de lista de deberes entre los que estaba hacer algo bueno por los demás. Se aficionó a gastar bromas en los funerales, a reírse de la la reina y del primer ministro de turno. Hacía unas imitaciones geniales de Churchill borracho y adoraba una pieza de Julius Fucik, ‘The entry of the gladiators’, de las más cómicas imaginables. Sus dos caras se acoplaron a la perfección incluso después de muerto: su hijo Jacob siguió con la tradición de mentir como un bellaco y crear referencias falsas al más puro estilo borgiano. 

Cuando lo deseaba sabía ser épico y trascendente, incluso pedagógico, eso que gusta tanto a algunos; pero por dentro se mofó y rió de todo y de todos durante toda su vida. Y cuando alguien le preguntó por qué hacía esas cosas, él se limitó a encogerse de hombros y recordar el 6 de junio de 1944: “Querido, yo he caminado por el infierno, he mirado a los ojos del diablo, así que no me vengas con tonterías…”. Varios años más tarde, la biblia literaria de la Cámara de los Comunes en Westminster, algo así como un diccionario académico del inglés, recogía el adjetivo “pynthonesque” para definir la visión de los MP, la cual, según contaría más tarde John Cleese, se debía en gran medida a lo que le enseñó De la Rochelle en Cambridge. Lo mejor de todo eran sus delirantes cartas bajo nombres falsos o fingiendo ser una jubilada de Norfolk, o un abogado de Bruselas, o una viuda oligofrénica de Munich, de las que hablaremos algún día. Eso sí, su vanidad no podía permitirle no figurar de alguna forma, y en todas existía siempre la misma firma secundaria: Borgo Caen Victory Looser. Esperamos que algún día el mundo le conozca mejor de lo que le intuye ahora. 

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