New York City Republic

11 Sep

Hoy se cumplen 400 años de la llegada de un tal Henry Hudson a la isla verde y jubilosa de Manhattan, la puerta de entrada al continente y que cogió su nombre de la tribu india de los maniata. Básicamente, fue el tipo que puso la primera muesca de lo que hoy es New York City, el centro del universo conocido, la Meca laica por definición (junto con Londres y Berlín, que en París siempre hubo mucho tonsurado disfrazado) y sede de una de las futuras delegaciones de Corso Expresso por el mundo (¿eh, cómo?). 


Cuatro siglos para celebrar al que será el primer territorio de ultramar que se desgajará de Estados Unidos para unirse a Europa (para que luego digan que no damos argumentos para novelas…), la ciudad más caótica y al mismo tiempo cartesiana del mundo, un mito comunitario sin fronteras que tiene más de recreación fantasiosa que de realidad, pero que no deja indiferente a nadie: o la amas o la odias, y muchos de los que la amaron acabaron despreciándola. Es la New York City Republic, fundada por holandeses y llamada New Ámsterdam pero que en el siglo XVII terminó vendida (indios sometidos incluidos) a los ingleses a cambio de lo que hoy es Surinam. Vamos, que los holandeses tienen fama de buenos comerciantes pero aquel día debían tener la Madre de Todas las Resacas. De la etapa neerlandesa quedó el casco viejo de la ciudad, la diversidad, la tolerancia, el olfato mercantil y todo el Lower Manhattan. NYC es mucho más que una ciudad, es un modelo extremo de lo que es la sociedad occidental: caos ordenado. Es el espejo en el que se miran todos, y que de existir en España se habría independizado a toda costa con tal de no aguantar las estupideces históricas. Nosotros pudimos tener nuestra propia NYC, y no, no es Barcelona, porque es la opción fácil y más hipócrita (hay mucho gorro frigio fláccido por allá, mucho botijo disfrazado de modernez daliniana). 400 años después, la isla ya no es el paraíso de flora y fauna que era en 1609: a cambio, es el paraíso democrático donde todo cobra cierto sentido a pesar del desorden humano.


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