Sobre Stieg Larsson y Lisbeth Salander

20 Jul

Hace algún tiempo hablamos de Stieg Larsson y de su trilogía ‘Millenium’. La muerte se llevó demasiado pronto a un tipo que debió ser muy buen periodista, un gran conspirador, probablemente uno de los mayores amantes de las mujeres (por cómo las usa literariamente) y padre, eso ya no se lo quitará nadie, de uno de los personajes más complejos y atractivos que haya manchado el papel blanco en mucho tiempo. Ser el dios mortal que creó a Lisbeth Salander debería servir para algo, al menos para los que, como en el Equipo, sentimos un extraño cosquilleo con Salander: la reconocemos y la sentimos como a nosotros mismos en sus dobleces. Después de leer los dos primeros volúmenes de la trilogía podemos decir un par de cosas. La primera, que nos reafirmamos en lo escrito el pasado 2 de marzo: “Es un ejemplo de esa fuerza inmensa de las letras nórdicas (especialmente en el género negro, con Henning Mankell a la cabeza). La heroína de Larsson es Lisbeth Salander, una hacker anoréxica y temperamental que se ha convertido en el santo y seña de toda Suecia, un personaje menudo y aquejado de miles de complejos pero que es como un dragón dormido. Ese tipo de literatura, si se hace aquí, no llegaría más allá de las aulas universitarias“.

No obstante, a Larsson se le ve el plumero desde lejos. El gran volumen de sus libros obedece a una obsesión meticulosa de dar hasta el último detalle, puntualizar cada conversación, acción o descripción realista del entorno. Eso es un problema, porque no es literatura, es periodismo literalizado. A cada libro, a la espera de qué pueda darnos el tercero y último, le sobran algo así como el 50% de lo impreso. No es una crítica destructiva, más bien es un ajuste de cuentas con un oficio que cuando se mete donde no le llaman pervierte el lenguaje. Un libro debe ser lírico a ratos, conciso en otros y engatusar siempre. Lo primero Larsson no lo consigue; lo segundo termina convertido en un exceso nada saludable y que lleva a acelerar la lectura y algunas veces a saltar páginas enteras (y sí, se sigue entendiendo). Respecto a lo tercero, lo consigue. Pero por encima de todo, Lisbeth Salander. Sólo por eso merecería la pena pedir prestado el libro, porque Larsson ya no va a disfrutar los derechos de autor (esto es, que le den a las editoriales…).
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