Blauehaus – Tormentas azules, labios rojos

15 Jul

Añoramos vivir en la casa de ventanas limpias y puertas de azul eléctrico, donde más de uno pensó en cómo podría ser todo de haber sido dioses llenos de caprichos. En una calle de Salamanca un aprediz de poeta dejó una pintada: “Las peores tormentas siempre son en verano, incluso a miles de kilómetros pueden sentirse los rayos horadar la perfección de su mirada y perderla para siempre”. En lugar de una sola píldora, dos. La primera es el dolor de Kavafis, la segunda es el amor puro de Kavafis.

1. Kavafis sintió cómo se desmadejaba su cuerpo entero, las manos frías, el corazón ahogado, como si alguien tirara de él hacia abajo, hacia el suelo escarchado tras la lluvia brutal que se había llevado por delante su sonrisa. Mares negros como tizones de carbón líquido frío se habían batido contra ella con toda la saña imaginable, como si nada ni nadie pudiera soportar ya su dolor, dejándola ciega. Haber rozado la perfección y la felicidad, conseguirlo todo y perderlo cuando apenas se había empezado a disfrutar. De la luz a la noche. En sus ojos una venda que no la dejaba ver más allá de su anhelo infinito, de su incapacidad para controlar el deseo telúrico de poseerla una y otra vez. Con la cara aplastada contra el cristal del hall del hotel de la Friedrichstrasse, bañada en lágrimas silenciosas sin gemido alguno, una tormenta sin final la ahogó para siempre, la obligó a verla partir para no recuperarla jamás”.

2. “Los ojos grises de Kavafis, los faros en medio de la noche roja y densa, que huele a hierro y óxido, como la sangre, rojo bermellón deslizándose por la palma de la mano, por la muñeca, los blancos colmillos de su capricho clavados en la yugular. Rojo indecente, rojo criminal que veo abrirse y moldearse con cada palabra que sale de su boca, del origen de todo mal y toda bondad. El pulgar resbala sobre ellos, tersos y esponjosos, bajo el lánguido lamento de una niña que deja atrás todo. Espinazo arqueado bajo el escalofrío, bajo el beso profundo de la lengua que no la deja moverse, bajo la caricia de la punta carnosa de la suya, que lame las yemas de mis dedos, que se desliza por las comisuras, que busca la piel, la carne blanca para morder otra vez…”.

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