Crueldad intolerable

22 Ago


Escena recordada por motivos secundarios de algo sucedido a finales de 2007. Sarao en una recepción supuestamente cultural pero plagada de caciques, cargos políticos y gentuza en general que vive detrás del traje y la corbata sin producir nada real o inmaterial por el bien público. Un dramaturgo en ciernes, un tipo sensible y encantador, entra en escena. Los encorbatados le van a sufragar una obra porque un tercero, un gestor cultural, ha decidido que así sea. Se ríen del dramaturgo sin compasión, a su espalda, por sus pintas y porque sospechan que es gay, como si serlo fuera un delito y no lo fuera cazar perdices en la finca de un amigo o defraudar millones al erario público para pagarle la universidad en EEUU al pijo drogadicto que se tiene por vástago. Dos periodistas lo ven y se encabronan, porque conocen al dramaturgo, que como hemos dicho es encantador, algo inocente y quizás demasiado blando para el mundo. Es el sentimiento humano de la compasión, la empatía. Uno de los periodistas va a criticar esa actitud, pero el segundo le coge por el brazo. “No hagas el bobo, espera” le dice al oído. El dramaturgo se da cuenta y se pone colorado, pero sigue a lo suyo, con el gestor cultural, que intenta en todo momento aislar al pobre tipo de la jauría. Los dos periodistas dejan de tomar notas y se colocan en una esquina de la sala. El prudente saca la grabadora y empieza a zigzaguear por la sala en busca de declaraciones. Llega a uno de esos tipos de traje y corbata que sostiene un puro en una mano y una copa en la otra. Le pide un par de minutos y con toda la ingenuidad del mundo empieza a preguntarale por la obra, por el dramaturgo, por la gestión cultural. Evidentemente no sabe o no contesta, y el periodista levanta la voz cada vez más, con esa sonrisa de mala leche que se les pone a los plumillas cuando quieren pillar a alguien. Al tipo se le atraganta la copa, el puro y la noche, porque demuestra que no tiene ni idea de nada y encima es uno de los responsables: otros periodistas, como buitres, sobrevuelan la escena y acercan más grabadoras. Se pone pálido el pobre diablo y ya no sabe dónde meterse. Al día siguiente todo el mundo comentó lo necio que era, y en los apartados para rumores varios le llamaron de todo menos bonito. El dramaturgo recibió esa mañana un montón de mensajes cómplices. La obra fue un pequeño éxito y ya no está en Salamanca, por motivos obvios. De verdad, cuántos monos bípedos que no llegan a homo sapiens caminan por el mundo…

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