Cuando la música es una p…

12 Ago


Hasta el 7 de septiembre el Musac de León (museo de arte contemporáneo) mantiene en una de sus grandes salas la muestra ‘Benicàssim/Musac’, obra que mezcla fotografía e instalación y aborda la construcción de la identidad de la juventud a través de la música. Aparte de que las imágenes parezcan sacadas de un catálogo de Mango u similares, lo cierto es que la exposición es la culminación de un proceso de aculturación total por parte de las generaciones surgidas a partir de finales de los años 80, esas que sólo tocan los libros por obligación y que se abandonan a lo aparente y nunca ante el fondo. Bueno, por llamar música a las primitivas y mediocres bases sampleadas que retumban en los clubs a los suelen ir. Años atrás, cuando uno imitaba a Keith Richards, Jim Morrison o Elvis Presley sabía que detrás de esos iconos había algo más que música, era una forma de expresión de una vanguardia (hoy convertida en lucrativo negocio geriátrico o directamente necrofílico, basta con ver cómo se celebran los aniversarios mortuorios del Rey en EEUU). Llámenos tradicionales, o algo rancios, pero no lo somos, es que somos de la generación de la democracia (la primera, la auténtica, la que todavía pone un 7 en la fecha de nacimiento) y crecimos viendo ‘La bola de cristal’. El que sabe de qué hablamos también entiende la broma…

En España el pueblo de Benicàssim es el cénit conocido de esa tendencia en la que el sonido mata todo lo demás, especialmente las letras, para luego esclavizar la imagen a la música. Y eso que los grupos que suelen ir no son precisamente malos, muchas veces son ocasiones únicas de ver a genios en directo. El problema es que la estética se convierte con esas manías obsesivas en una forma de identidad externa que no tiene nada en el interior: esa gente que ve usted es la que es, y llevar pañuelos palestinos ya no tiene nada que ver con apoyar la causa palestina, se lo ponen porque la de al lado lo ha hecho o porque sale en algún catálogo de las marcas de ropa que editan catálogos que ya parecen el perfecto manual del paidófilo (que no pedófilo, ojo). Gente hueca que no ama la música, sólo la usa. La música ha sido prostituida, así que alcemos los brazos al cielo como plañideras histéricas porque vamos de mal en peor. Algunos todavía vibran de verdad con ‘This is the end’ de The Doors y no van por ahí intentado torcer la columna para parecerse a Morrison. Y encima esta semana ha muerto Isaac Hayes: que año más malo por Dios. 
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